No escribe estas líneas un militante peronista. Las escribe un analista, sorprendido ante el extravío de un movimiento que alguna vez supo leer la historia y marcarle el rumbo. Hoy, sus dirigentes caminan como si la brújula les hubiera explotado en las manos. Y en lugar de reconstruir coordenadas, parecen contentarse con los escombros.
En la noche misma de su derrota, Cristina Kirchner bailaba. No fue una excentricidad. Fue una postal de época: el colapso convertido en gesto. Detrás, el peronismo se desangraba en silencio. No hubo dramatización ni autocrítica, apenas un goce performático que, lejos de desafiar el dolor, lo banalizaba. Pocos días después, el ex presidente Alberto Fernández reaparecía en una entrevista donde la narrativa personal desplazaba cualquier balance histórico. Y como si la disonancia necesitara confirmación técnica, Emmanuel Álvarez Agis propuso un impuesto al uso de efectivo, idea que, en una economía informalizada y empobrecida, equivale a gravar la respiración. No son errores: son síntomas de un movimiento en autogestión agónica.
La decadencia tiene forma, calendario y nombres propios. En los últimos diez años, el peronismo ha sufrido seis derrotas estructurales. En 2013, la fractura interna que anunciaba el ocaso de su hegemonía. En 2015, la pérdida de la presidencia. En 2017, la derrota legislativa. En 2021, la caída del Senado, bastión simbólico desde 1983. En 2023, la derrota frente a Javier Milei, que no solo fue electoral sino cultural: una brecha de once puntos consagró al libertario como presidente.
Pero la serie no se explica solo en clave aritmética. Hay, además, una mutación más profunda. El peronismo clásico, que fue comunidad, épica, destino compartido, se ha vaciado de significados vitales. En su lugar, floreció una estética progresista de superficie, que borra las fronteras entre la identidad popular y el palabrerío de oenegé. Donde hubo trabajadores, hay causas. Donde hubo organización, hay hashtags. Donde hubo liderazgos plebeyos, hay gestualidad universitaria. Es el tránsito de la carne a la consigna, del barro al algoritmo.
Ese corrimiento no es inocente. El movimiento que nació para organizar el trabajo ahora gira en torno al subsidio. El sujeto histórico se ha desvanecido. Ya no hay obrero fordista, ni delegados de base, ni comunidad organizada. Lo que queda es una vasta clase informal, precarizada, donde el empleo es ocasional, el salario intermitente y el horizonte invisible. Esa mutación estructural, que comenzó tras el colapso de 2001, ha transformado el conurbano bonaerense: de usina del trabajo nacional a laboratorio de la pobreza estable. En ese paisaje, el peronismo perdió su gramática.
El llamado “nudo” del conurbano revela esa paradoja. El lugar que alguna vez sintetizó a la Argentina mestiza, laboriosa, ascendente, hoy condensa la crisis: última trinchera de votos leales, pero también epicentro de la desorganización social. La vieja alianza entre Estado, sindicatos y trabajadores ha sido reemplazada por una red de subsidios, movimientos sociales y punteros municipales. Y el discurso no acompaña: el peronismo no ha sabido reconstruir un relato para este nuevo sujeto popular. Habla como si el obrero estándar siguiera existiendo, pero ya no está. La huelga dio paso al piquete. El trabajo, al ingreso de emergencia. Y sin lenguaje para eso, la representación también se disuelve.
Este deterioro no es solo ideológico. Es también estético. Las formas, los modos, las imágenes, la música, los colores: todo parece detenido en una liturgia sin alma. Un loop infinito de mística de cartón, escenografía reciclada, estética de fiesta escolar con nostalgia de resistencia. El bombo convertido en decoración. La marcha, en ringtone institucional. Se repite sin emoción, como quien pronuncia una oración sin fe. El resultado es un vacío simbólico que ninguna estrategia digital puede ocultar.
La dirigencia reproduce el colapso. No hay renovación. El mismo elenco desde hace veinte años. La misma lógica de verticalismo caudillesco que impide cualquier emergencia joven. Cada atisbo de recambio se neutraliza antes de nacer. Gobernadores, intendentes, sindicalistas, todos orbitan alrededor de figuras que fueron centrales en 2008 y siguen siéndolo en 2024. Nadie se atreve a jubilar al patriarca político, pero tampoco logran que el muerto se levante.
La última tentativa de modernización fue la Renovación Peronista de Antonio Cafiero. Aquella experiencia, que surgió tras la derrota de 1983, proponía democratizar el partido, abrirlo a sectores medios, actualizar su doctrina. Ganó terreno, incluso la provincia de Buenos Aires, pero fue vencida en la interna de 1988 por un Menem que encarnó el giro neoliberal y carismático. El peronismo eligió el atajo. Y la deuda con Cafiero sigue pendiente. El precio fue alto: una cultura política que optó por la alquimia electoral antes que por la construcción estratégica.
Lo que se percibe hoy no es solo derrota. Es una renuncia. Una eutanasia política sin dramatismo. La conducción parece haber aceptado que el ciclo está cerrado, pero no se retira. Insiste en gestionar la ruina. Administra la inercia. Convoca sin poder. Habla sin audiencia. Gesticula sin cuerpo. Se ha convertido en una caricatura de su propia mística: ya no emociona, apenas simula.
Y sin embargo, entre los escombros, sobrevive un signo distintivo que aún podría ser clave: el nacionalismo. No el nacionalismo fosilizado, ni el pintoresco de desfile y banderazo, sino el que brota de una intuición profunda: que sin industria no hay trabajo, sin soberanía no hay destino, y sin nación no hay comunidad. Fue la matriz invisible que permitió al peronismo articular sectores diversos bajo una idea de proyecto común. Fue la columna vertebral de la movilidad social, la estrategia exterior autónoma, la doctrina de comunidad organizada. El problema no fue su desuso, sino su vaciamiento semántico.
Hoy ese hilo sigue disponible. Lo toman otros. Lo pervierten algunos. Pero late. Porque si algo caracteriza al argentino de a pie no es la ideología de ocasión, sino su expectativa de país. El nacionalismo -ese que Perón articuló con pragmatismo y conducción- puede ser, aún, la semilla de un nuevo lenguaje político. No desde la nostalgia, sino desde la realidad: hay que volver a pronunciar la palabra nación como quien la redescubre.
Tal vez haya que mirar más allá del conurbano institucionalizado. Buscar en los pueblos medianos, en las ciudades de frontera, en los barrios donde la pobreza no ha perdido del todo su dignidad. Allí puede latir un sujeto nuevo. Uno que no se define por siglas ni por liturgias heredadas, sino por su deseo de orden, de movilidad, de comunidad. Porque no hay épica sin pueblo. Y no hay pueblo sin proyecto.
La historia no garantiza nada. Pero deja pistas. Cafiero lo intentó. La militancia plebeya sigue existiendo. Y la necesidad de un proyecto nacional, tal vez, no ha sido resuelta aun por quienes hoy gobiernan. Lo que falta no es ideología, sino decisión. No es doctrina, sino conducción. No es liturgia, sino pueblo.
Si el peronismo está en modo eutanasia, entonces también está en estado de posibilidad. Depende de si hay, en algún rincón del mapa, alguien dispuesto a reinventarlo sin traicionarlo. A construir una forma nueva sin repetir las viejas. A conducir antes de que ya no haya a quién convocar. Y sobre todo, a callar la música para que vuelva a escucharse el murmullo del pueblo real.
Dr. Mauricio Vázquez
Publicado por primera vez en La Política Online







